
Últimamente se habla mucho de la fusión de municipios como medida para prestar unos servicios al ciudadano de forma más efectiva y con menor gasto público por parte de las Administraciones Públicas. Es un proceso que han hecho muchos de nuestros países vecinos en Europa hace ya tiempo, especialmente a partir de los años 50, tras la II Guerra Mundial.
De esta forma, nos podemos encontrar que Austria, Finlandia, Alemania o Noruega, Suecia, Dinamarca, los Países Bajos e incluso regiones como Inglaterra o Gales han disminuido de forma significativa sus divisiones municipales, llevándose a cabo la reducción en Suecia en 1952 y otra posterior en 1959, en 1974 en Noruega, en 1970 en Dinamarca, en 1971 en Bélgica, especialmente durante los años 70 en Holanda, entre 1960 y 1978 en la República Federal de Alemania y en Austria…

Y mientras esta revolución en el mapa municipal se llevaba a cabo a lo ancho y largo de Europa, en España, como de costumbre, nada ha pasado. No hemos tocado nuestro mapa municipal desde hace una barbaridad, y la progresiva descentralización política ha ido cargando las antiguas divisiones territoriales hasta tal punto que muchas de ellas no son capaces de prestar unos servicios de forma adecuada a sus ciudadanos debido a su pequeño tamaño y, por tanto, capacidad.
Nos hallamos en un punto en el que, pese a las recomendaciones del Consejo Europeo, que recomienda la supresión de aquellos ayuntamientos (la forma de gobierno del municipio) de menos de 10.400 habitantes los grandes partidos, y los no tan grandes, siguen negándose a abrir el melón de algo extremadamente necesario para la eficacia de las Administraciones Públicas locales. No en vano, de los 8.116 municipios en los que se divide España, el 84% tiene menos de 5.000 habitantes, viviendo en ellos el 12,7% de la población española.
Al mismo tiempo que en la calle se empieza a poner de moda el tema, algunos políticos han decidido tomar la vía de la desinformación para así intentar frenar un posible posicionamiento favorable a esta posibilidad por parte de un sector amplio de la población. Para ello utilizan, sobre todo, el argumento de la identidad, algo que, por el momento, ha funcionado de forma muy efectiva si hablamos de divisiones territoriales más amplias como las Comunidades Autónomas. Básicamente se insiste una y otra vez en que una fusión municipal (esto es, la unión de dos o más ayuntamientos -que, recordamos, es la forma de gobierno del municipio- para formar una administración más grande y con más recursos) conllevaría de forma inexorable la desaparición del pueblo asociado a ese ayuntamiento. Una suerte de “si se fusionan los municipios dejaremos de ser lo que somos”.
Hoy ha tomado ese mismo camino el Portavoz del BLOC en el Ayuntamiento y en la Diputación (diputaciones, otra cosa de la que no estaría nada mal hablar) de Castellón, con un tweet que parece bastante inocente pero que precisamente ahonda en este argumento expuesto:
Se podría traducir como UPyD propone la desaparición por fusión del 70% de los municipios de las comarcas de Castellón. Este verano no podremos ir al pueblo.
Sin tener en cuenta si ese porcentaje es correcto o no, es un mensaje que confunde intencionalmente ayuntamiento con pueblo. La señal de entrada al núcleo poblacional con el edificio donde se toman las decisiones. Las churras con las merinas.
Una fusión municipal no conlleva la desaparición del tradicional núcleo urbano que se asienta en ese municipio. Si se llevase a cabo no desaparecerían de un plumazo miles de pueblos, sino que desaparecerían miles de municipios, ayuntamientos. Las señales de entrada y salida del pueblo, las calles y su gente seguiría exactamente igual que antes, con la diferencia de que detrás tendrían a un ayuntamiento mucho más solvente y con más capacidad de gasto.
Y es más: actualmente ya hay gran cantidad de pueblos que no tienen ayuntamiento propio, sino que dependen de otro cercano. Es el caso por ejemplo de La Palma, Murcia, pueblo que con 4.612 habitantes depende directamente del Ayuntamiento de Cartagena. Y no, señores, no por ello La Palma deja de existir. No es un pueblo Schrödinger, que existe y no existe a la vez. Su señalización, sus colegios y sus centros públicos existen pese a que no estén gestionados por un ayuntamiento propio. Y tal y como se puede comprobar por lo que han hecho otros países no pasa nada, no es ningún drama.
Así que, señores políticos, cuando hablen de la fusión municipal, ya sea a favor o en contra, háganlo con propiedad. No confundan ayuntamiento o municipio con pueblo, porque no es lo mismo y deja en evidencia el ánimo de desinformar o la ignorancia de quien utiliza para su provecho esa confusión. Aunque cueste.